02 agosto, 2006

Música y piratería: El deterioro de un espacio cultural

Recientemente la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI) anunció un significativo avance en la lucha contra la piratería musical. Se trata de un acuerdo alcanzado con Kazaa, el servicio de intercambio gratuito de archivos en Internet. La popular marca deberá legalizar sus operaciones, respetando los derechos de propiedad intelectual y afrontar una indemnización de más de 100 millones de dólares. La constante lucha contra el flagelo de la piratería en el mundo nos invita a reflexionar; de hecho, las declaraciones de John Kennedy, presidente de IFPI fueron en este tenor: "Es un buen día para la industria, pero debemos prepararnos para la siguiente batalla (…) Quien quiera que ocupe mi cargo dentro de 20 años, seguirá enfrentándose a la piratería, pero combatirla es nuestra función y responsabilidad". Y tiene toda la razón, porque los tentáculos de este problema no tienen fin, y cuando se apaga un foco aparecen mil más. Es pertinente recordar que estamos a unos pocos años de la resolución del sonado caso Napster, lo que nos demuestra que la lucha de los representantes de la industria del disco en contra de la piratería siempre tendrá grandes enemigos y será eterna, si no se toman resoluciones drásticas y creativas.

Pero hagamos un acercamiento a este importante problema y sus implicaciones para los involucrados en el mundo de la música. Citando la World Copyright Law de J.A.L Sterling, Londres, 1999, en el Art. 13. 12., la definición de piratería es la siguiente: “En su acepción habitual se entiende por piratería la actividad consistente en fabricar copias no autorizadas (“copias pirata”) de obras protegidas y distribuirlas o venderlas”. En otras palabras la piratería se trata de desconocer deliberadamente la protección por las leyes locales o internacionales de derecho de autor de una obra y dedicarse al lucro - individual o colectivo - a través de la misma, sin la autorización de los creadores. Es muy común observar, sobre todo en países del llamado tercer mundo, la existencia de un intercambio comercial espontáneo de material pirata, en el cual ninguno de los participantes de esta sub-industria parece estar preocupado por el problema de la propiedad intelectual. Esto evidentemente es una violación directa a un derecho originario o conexo protegido por las leyes que tienen los participantes de una obra, sea de tipo fonográfico o de cualquier otro índole.

No hace falta decir que tal acción es ilegal, y en leyes de derecho de autor como la venezolana está penado con prisión de 1 a 4 años. El problema es que en países como el nuestro, el marco de la legalidad no parece concordar con la realidad cuando se trata de este tipo de asuntos. En Venezuela no existen instrumentos efectivos de ejecución de la ley que permitan acercar las distancias entre lo que está escrito y lo que sucede en la práctica. Recientemente en un foro realizado en la Escuela Contemporánea de la Voz, que tenía como tema El negocio del disco en Venezuela, el Dr. Raul Bravo, abogado experto en propiedad intelectual, reflexionaba sobre la visible ineficiencia de nuestro sistema para la aplicación de una ley que en el papel no tiene nada que envidiarle a las más avanzadas del mundo; se refería a la Ley sobre el derecho de autor, aprobada por el Congreso Nacional Venezolano el 14 de agosto de 1993. En su intervención explicó que el problema de la piratería en Venezuela no es la Ley, es la falta de organismos de ejecución de la misma por parte del estado, que no se muestra interesado en asumir el costo político que puede generar una medida antipopulista como el castigo a la venta ilegal de material pirata. Entendiendo el marco socioeconómico de un país como Venezuela, donde la economía informal es el modo de subsistencia de más del 60% de la población, el panorama se ve bastante complicado.

Ahora bien ¿en qué medida afecta este problema a los que forman el engranaje de la industria de la música? No es difícil entender que para ser artista no basta con las ganas, el talento y la técnica. La persona que se dedica a las artes en general lo hace por vocación, pero no es posible ser un profesional de la música sin tener esta actividad como medio de subsistencia; esa es una realidad del mundo en el que vivimos, en el que las actividades humanas se enmarcan en el complejo ámbito del comercio. En este sentido, los talentos involucrados en la industria de la música manejan tarifas para cada una de las actividades realizadas en la cadena de producción de una obra fonográfica, y son muchas las personas que viven de la actividad comercial que genera un disco. Es una cadena que va desde el que compone la pieza musical, pasando por los que la ejecutan o interpretan, los productores, tanto musicales como ejecutivos, los diseñadores gráficos, fotógrafos, personal técnico, estudios de grabación, promotores, distribuidores, equipo de ventas, discotiendas, publicistas, locutores, etc. Cada producto discográfico funciona como bujía que enciende los motores de esta cadena y genera actividad comercial en muchas áreas que se involucran con el disco, es decir, genera empleos en una compleja industria que es de las más importantes y lucrativas del mundo: la industria del entretenimiento.

Las cifras del flagelo de la piratería son alarmantes y es visible a través de ellas el daño que le inflinge a esta cadena. Unas 20.000 millones de canciones se descargaron ilegalmente en 2005 a escala mundial. Y en el espectro tradicional, uno de cada tres CD vendidos era una copia pirata. La IFPI calcula en 4.500 millones de dólares el mercado ilegal de discos, con más de 1.200 millones de ejemplares distribuidos mundialmente. El caso de España como país del primer mundo es revelador, sus cifras no son tan alarmantes como las venezolanas, pero nos dan un reflejo del daño que se le hace a la industria: La IFPI calcula que en 2005 en España se distribuyeron ilegalmente 12,5 millones de copias falsas de CDs y DVDs musicales, y se realizaron más de 508 millones de descargas ilegales de archivos musicales en Internet, lo que supone un incremento de cerca de un ciento por ciento, frente a los 270 millones de descargas ilegales estimadas en 2004. Esta ha sido la causa principal de que se haya destruido el mercado musical por encima del 40 por ciento en los últimos cinco años, lo cual implica pérdidas de 500 millones de euros para todos los sectores involucrados, desde autores hasta artistas, pasando por productores, fabricantes y Hacienda. Por el contrario, este aumento de las cifras ilegales generó unos beneficios de más de 65 millones de euros a las redes mafiosas, tan sólo en el último año. Esto conlleva a una pérdida del 20 por ciento de los empleos en el sector y una disminución del 14 por ciento en los nuevos lanzamientos de discos. En Venezuela las cifras que arroja la Cámara de productores fonográficos en lo que se refiere a copias legales vendidas en los últimos años son en 2001: 4.290.585 Unids. en 2002: 1.535.800 Unids. en 2003: 610.000 Unids. en 2004: 2.295.285 Unids. y en 2005: 1.681.249 Unids. Estos números nos hacen pensar en la rentabilidad de una industria que vende esas cantidades dentro de una población de más de 20.000.000 de habitantes. La realidad es que en Venezuela 8 de cada 10 copias vendidas son ilegales. Esa es la razón por la cual nadie cree en la industria del disco actual como un negocio rentable. No es difícil imaginar las consecuencias de esta situación para la economía de un país en el ámbito cultural y su incidencia directa en la cultura de dicho país, la cual es la más perjudicada, porque si no se puede difundir la música, quienes la realizan dejan de hacerlo. Entonces somos todos los involucrados en esta situación, porque una región sin movimientos culturales importantes está destinada a la pobreza de pensamiento.

Hoy en día pensar en el negocio del disco a través de la venta de copias como un camino rentable es imposible. La industria no se mantiene por medio de la venta de copias, por el contrario, los artistas ven el disco como una tarjeta de presentación para darse a conocer. No es el número de copias lo que les hará ganar dinero, y menos en un país como Venezuela donde el artista que más vende llegará alrededor de las 10.000 copias. Las formas de subsistencia vienen a partir de actividades comerciales del mundo del entretenimiento en las cuales el disco sólo representa un aporte para el status del artista. Los eventos públicos, conciertos, giras, el uso de la imagen para marcas con objetivos publicitarios, etc. son las nuevas opciones de marketing en el negocio de la música hoy por hoy. En el foro El negocio del disco en Venezuela, citado anteriormente, Miguel Ángel Caputo, director de Space Music y dueño de la nueva disquera venezolana Space Records, comentó que la nueva visión en el mundo del disco debía ser de cooperación entre el artista y la disquera, porque es muy difícil en estos tiempos recuperar la riesgosa inversión que implica un disco (estimada en un promedio de 200 millones de bolívares). Entonces debe haber acuerdos diferentes a la simple venta del disco: participación de la disquera en los shows del artista, manejo de los derechos de imagen, participación en derechos patrimoniales de los temas musicales del disco, y hasta la posibilidad de la empresa discográfica de servir de proveedor de equipos y personal técnico en los conciertos del artista, en el caso de que la empresa discográfica cuente con la infraestructura necesaria. En conclusión, la búsqueda de soluciones al problema es a veces drástica, debido al marco de hostilidad que presenta el mercado.

Lo que si es definitivo es que la industria discográfica a nivel mundial está perdiendo la batalla contra la piratería por no ofrecer alternativas viables a los consumidores y por no tener la posibilidad de competir con las nuevas tecnologías al alcance del público en general. En puerta está la necesidad que tiene la industria de buscar opciones creativas para que los consumidores tomen conciencia de la problemática que implica la comercialización de la música en el marco de la piratería. Ser flexible al entorno, adaptarse a las nuevas tecnologías, plantear nuevos marcos de negociación tomando en cuenta la problemática de la economía informal, bajar los costos, reducir la cadena de comercialización, acercar el productor al consumidor, todas estas son posibles estrategias que se discuten hoy en día en los distintos escenarios de la industria discográfica. Pero la responsabilidad social en relación a este tema no compete sólo a los que manejan el negocio del disco, es menester que todo aquel que disfruta de la música entienda la importancia de su participación para la mejora de esta situación. Si no existe un ambiente menos hostil que el actual, cada vez será más difícil disfrutar del ingenio de los grandes compositores, músicos, cantantes, arreglistas y productores. Es verdad que el consumidor tiene derecho a buscar la opción más económica y viable para disfrutar de su producto, pero también es verdad que si esa opción afecta directamente al que realiza el producto, entonces no se trata simplemente de un tema de oferta y demanda, si no de conciencia individual.

Lic. Alejandro Zavala

Coordinador académico ECV

correo@escueladelavoz.com

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